Los íguocs de Rodne

Un ensayo etnológico

por DSN

(Redactado en enero de 2005)


Prototipo de íguoc común, fáltanle un buen guijarro
en la mano libre y aspecto amenazador.

   I - Introducción

 Los íguocs de Rodne (iiguari rodniaribus) son una tribu de pequeños úrsidos bípedos que viven en sociedades matriarcales en lo más profundo de los bosques del planeta Rodne, gemelo del planeta Endor, ambos en la galaxia de Raticulín-Ganímedes. Suelen medir entre cincuenta y ochenta centímetros y su peso oscila entre los veinte y los cuarenta y cinco kilos para los ejemplares más lustrosos. Se les puede encontrar en la floresta de su hábitat cazando, husmeando entre las matas o dándose una tunda unos a otros. Visten un tosco taparrabos fabricado con pieles de los animales que cazan, y se cubren la cabeza con una especie de turbante de similar factura, que ellos llaman tapa-jerol. Los contactos con los íguocs de Rodne han sido escasos en la historia de la Humanidad, y muchas veces han terminado en tragedia, cuando los tripulantes de las naves de exploración que llegaban hasta el planeta perdían la paciencia ante las muecas y burlas de los íguocs y los freían a tiros. Sin embargo hacia el año 575 después de C.J. (Carlos Jesús), los íguocs de Rodne participaron junto a sus vecinos de Endor en la tercera parte de la saga de George Lucas "La Guerra de las Galaxias" figurando como extras, aunque el nombre de su planeta quedó eclipsado por el de sus convecinos, mucho más vistoso, engendrando el odio que desde entonces separa ambas comunidades.


Esbozo de íguoc corriente, realizado por un científico anónimo,
probablemente justo antes de abatir al modelo.


   II - Historia

 Las fuentes más tempranas dentro de la vasta historia de la exploración espacial indican el año 210 después de C.J. como la primera fecha de avistamiento de los íguocs de Rodne. Cuando una nave que transportaba chupachups de Mallorca hasta la base de Ganímedes agotó su combustible poco antes del aterrizaje, la tripulación se vió obligada a descender hasta el cercano Rodne para repostar. Allí encontraron, tras una exploración exhaustiva de los grandes bosques de eucalipto gallego que se extienden por la mayor parte de la superficie del planeta, una raza de pequeños moradores que se escondían entre la vegetación y les lanzaban piedras y trozos de tubería oxidada. Los humanos, de mal humor y poco escrupulosos, dispararon a diestro y siniestro, matando a unos doscientos íguocs, y consiguiendo que éstos dejaran de reírse. Con el tiempo, otras tripulaciones un poco más amables se desviaron hasta el boscoso planeta para entablar contacto con estos íguocs y proceder a su estudio. Se descubrió que provenían de la misma cepa que los íguocs de Endor, sólo que su cociente intelectual era sensiblemente menor, y no habían alcanzado ni de lejos el civilizado refinamiento de sus congéneres. Hacia el año 285, Rodne ya había sido invadido en oleadas sucesivas por misioneros mormones, franquicias de Leroy Merlin y turistas alemanes. Los íguocs, que veían cómo su habitat natural se deterioraba irremisiblemente, entraron en cólera y se rebelaron, matando y expulsando a todos los extranjeros, aunque sufrieron cientos de miles de pérdidas en el proceso. Desde aquella fecha, no se dejó a ningún foráneo pisar suelo rodniano, ni siquiera a los que llevaban el pasaporte vaticano bajo el brazo. El sistema económico de Rodne pasó a ser más autárquico que nunca, y así siguió siendo durante los siglos venideros.

 Se calcula que los íguocs aparecieron en Rodne en el tercer milenio antes de C.J., presumiblemente por generación espontánea, a falta de una mejor explicación científica. Al principio cultivaban largas extensiones de tierra dedicadas al cereal, hasta que un buen día se hartaron de sufrir una granizada antes de cada cosecha y plantaron semillas de eucalipto importadas desde La Coruña por todo el planeta. Los árboles crecieron altos y fuertes, formando una impenetrable espesura, pero desde entonces Rodne ha gozado siempre de buen tiempo, para gran rabia y frustración de los pequeños íguocs. Desde un principio, estos retacos úrsidos se hallaban divididos en clanes que guerreaban, se escupían y se pisaban los pies entre sí. Cada clan controlaba una parcela más o menos grande de bosque, y si un íguoc solitario y poco precavido se adentraba en el territorio de otro clan, lo menos que podía esperar era recibir una sustanciosa solfa. Esta situación duró hasta el año 333 antes de C.J., cuando un profeta del clan de los Cepillos llamado Taratustra consiguió unir a todos los clanes íguocs a través de sus sermones, convenciendo a los más reticentes a su causa mediante jarabe de palo. Poco antes de morir, Taratustra había logrado instituir una realeza íguoc, cuyo soberano se encargaba de organizar los festejos en cada ciclo lunar, administraba justicia y resolvía los litigios económicos quedándose para él la totalidad de las mercancías en disputa. La institución real consiguió alcanzar una cierta estabilidad en Rodne que perdura aún en nuestros días, aunque han sido frecuentes los intentos de usurpar esta dignidad por parte de centenares de presuntas reencarnaciones de Taratustra.


Pese a su escaso intelecto y planta de peludo palurdo, un íguoc
malintencionado es un adversario realmente temible.


   III - Sociedad

 La sociedad íguoc, como hemos dicho, está dividida en clanes desde tiempos inmemoriales. Los más importantes son el clan de los Cepillos, el de los Aguacates, el del Puercoespín y el de la Rata Cornuda. El clan tiene su base en los lazos familiares y la posesión legítima de un trozo de bosque del que recoger los frutos. Cada clan íguoc constituye un matriarcado territorial, es decir, un sistema de gobierno en cuya cabeza se encuentra la abuela más gruñona de la familia. Con excepción de la potestad del rey, toda la autoridad dentro de la sociedad íguoc es ejercida por la matriarca, quien debe dar el visto bueno a los matrimonios, decidir el empleo de los recursos, ayudar al monarca en la organización de las periódicas festividades y castigar de vez en cuando a algún mozo irresponsable con una paliza pública, para gran regocijo de todos. Los íguocs viven en pequeñas cabañas construidas entre las ramas de los árboles, a unos diez metros de altura, donde cada uno habita con su familia nuclear. En los primeros tiempos los íguocs construían sus moradas sobre el suelo, pero después de haber sido cazados por los tigres nocturnos durante siglos decidieron que ya estaba bien y cambiaron de hábitat. Debido a la gran altura, es frecuente que muchos íguocs caigan al suelo nada más levantarse o cuando están ebrios, para gran chanza de todos sus vecinos. Los niños íguocs permanecen junto a sus mayores hasta que alcanzan la edad respetable de ciento cincuenta años (hemos olvidado decir que los íguocs pueden llegar hasta los trescientos años de mala leche), momento en el cual comienzan a plantearse tomar esposo o esposa y cambiar de domicilio. Se ha encontrado un cierto paralelismo entre esta costumbre y los usos de la Península Ibérica del planeta Tierra a mediados de la Edad contemporánea. Los recién casados deben buscar un árbol cercano en el que establecer su nidito de amor, aunque seguirán dependiendo siempre del clan del que provienen. Las uniones mixtas no existen, porque cada íguoc sabe bien la que le espera si se le ocurre proponer tomar por consorte a otro íguoc de algún odiado clan rival. Los matrimonios íguocs duran toda la vida, aunque raro es el caso en el que el buen entendimiento dura más allá de las tres primeras semanas.

   IV - Economía

 La economía íguoc como tantas otras competencias depende directamente de la matriarca de cada clan. Al rey solamente le corresponde inmiscuirse para cobrar su tributo de bayas alucinógenas al término de cada año espacial. La matriarca decide al principio de cada temporada qué es lo que va a recogerse, en un arduo proceso de selección entre recoger fruto de eucalipto y recoger fruto de eucalipto. Durante todo el año, los íguocs riegan de día sus queridos árboles con agua de río y polvitos de Tang (tm). A los íguocs más aborrecidos se les encomienda esta tarea de noche, para que con suerte a los dos días ya los haya devorado algún tigre nocturno. Al término de la temporada, cuando hojas y frutos están bien crecidos, se procede a la recogida, a base de patadas en las ramas y otros procedimientos tanto o más sutiles. Se guarda la cosecha en grandes sacos de patatas o bolsas de plástico marca Carrefour (tm) recuperadas de alguna remesa de basura espacial, y se lleva protegida por una nutrida escolta hasta lo más recóndito del bosque, donde se vende a los koalas contrabandistas a cambio de latas de sardinas, bolsas de patatas fritas congeladas y cartones de vino barato. Se piensa que los koalas fabrican con ello caramelos de eucalipto que exportan a precio de oro, aunque a los íguocs no les importa lo más mínimo mientras que las sardinas no estén muy pasadas. Finalizado el proceso, todos los bienes obtenidos se entregan al rey, que se encarga de organizar una gran fiesta para todos los clanes en la cual se consumen todas las sardinas y patatas y se bebe todo el vino, obligando a los íguocs a pasar los meses venideros masticando raíces o cazando ratas del bosque para sobrevivir. Cuando el final del año espacial se acerca (que, no lo hemos dicho, engloba cuatro temporadas y por lo tanto cuatro cosechas), los íguocs buscan entre los matorrales las bayas más jugosas y las guardan en saquitos, que entregarán a los emisarios del rey cuando éstos lleguen puntualmente al territorio del clan. Con estas bayas, muy tóxicas y alucinógenas, los alquimistas íguocs del árbol-palacio del rey fabrican un licor destilado muy fuerte que denominan garrafón, y exportan a amplias zonas de la Península Ibérica del planeta Tierra con ingentes beneficios para la corona.


Es probable que sea este tipo de caras de bobo a medio camino
entre felpudo mugriento y oso hormiguero yonki la razón principal
que explica los sucesivos genocidios sufridos por el pueblo íguoc
a lo largo de su historia.


   V - Religión

 Los íguocs de Rodne, al igual que los de Endor, son politeístas, sencillamente porque desde el siglo tercero después de C.J. se puso muy de moda y la costumbre llegó hasta el planeta. La deidad principal es, como ocurre en la mayor parte de los sistemas, Carlos Jesús, un profeta visionario del planeta Tierra que resucitó después de llevar varios siglos muerto y convirtió a gran parte del universo conocido a su religión. Los ritos de adoración de Carlos Jesús son bastante simples. Los íguocs se reúnen por centenares en un claro del bosque, y comienzan a entonar extraños cánticos frente a una gran imagen del profeta, que denominan póster. Está documentada la aparición de convulsiones y extraños trances en los cuerpecitos de los íguocs, que cesan rápidamente cuando sus familiares más cercanos (hablando en términos estrictamente físicos) les propinan la debida colleja. Otras divinidades importantes dentro del panteón íguoc son Amparo, diosa del bosque, Manolo, dios del cielo y Juan, dios de no se sabe muy bien qué.

   VI - Ocio y diversiones

 Como hemos dicho antes, uno de los pasatiempos favoritos de los íguocs es observar como algún congénere suyo recibe una nutrida somanta de palos, y una de las actividades que ocupan la mayor parte de su tiempo y energías es evitar que otra caiga sobre ellos. Cada paliza es propinada en forma de ritual por la sociedad íguoc, y en este aspecto es donde más conservadora se muestra. Otros juegos practicados por los íguocs son los bolos, el mus y el desvencijamiento de alguna puerta ajena a base de pedradas, con posterior huída. De noche los íguocs gustan de otear la espesura, esperando con anhelo ver cómo algún íguoc rezagado, a poder ser de otro clan, intenta refugiarse en algún árbol-casa y es devorado por un tigre nocturno en el intento. La violencia forma parte de la vida y educación del íguoc desde su más tierna infancia. A falta de aparatos de televisión, los padres íguocs deben encontrar mil y una formas distintas de conseguir que la violencia llegue hasta sus hijos, para que puedan desarrollarse con normalidad. Cuando alcanzan una cierta edad, algunos años antes de casarse, los íguocs hembra están obligados a servir en la milicia del rey, mientras que sus congéneres masculinos hacen cursos de bordado y fregado de platos junto a los asistentes de cada matriarca. Cuando son adultos, los íguocs se aficionan a un extraño juego de piezas de madera llamado dominó, que ninguno de ellos entiende y a nadie le gusta, pero es la excusa para sentarse en el árbol-bar y silbar sin contemplaciones a cada íguoc hembra que pasa por las cercanías.

   VII - La Guerra

 La milicia real, que ya hemos mencionado, se compone de hembras íguoc en edad de merecer (merecer repartir palos), y es la única entidad estable de carácter guerrero que se puede encontrar en la sociedad íguoc. En un principio la milicia estaba formada por los jóvenes de sexo masculino, hasta que hacia el primer milenio antes de C.J., éstos decidieron que querían cuidar y pintar sus uñas, lo que les imposibilitaba para el manejo de las rústicas lanzas, y se decidió su reemplazo por las hembras íguoc. Esta resolución fue muy acertada y celebrada, puesto que las hembras íguoc eran mucho más feroces, y tenían muchos menos miramientos y consideraciones a la hora de cumplir su deber. La milicia real tiene por misión proteger la figura del rey, aunque muchas veces si las combatientes se enfadan con éste lo asesinan y debe escogerse un nuevo monarca. El servicio militar dura cinco años, al cabo de los cuales las hembras íguoc vuelven al hogar, contraen matrimonio y pasan a formar parte de la milicia local, que se encarga de custodiar los envíos regulares de hojas y frutos de eucalipto, y de propinar palizas a gusto de la matriarca. En tiempos de crisis, todos los íguocs adultos pueden ser llamados a filas, como sucedió durante la guerra contra los extranjeros en el 285 después de C.J., o en la realización de la película de George Lucas "El retorno del jedi" en 575, en la que miles de íguocs se batieron con los extras humanos que hacían las veces de soldados imperiales, muriendo la mayor parte de ellos, pues George Lucas traicionó a los íguocs y dotó de armas verdaderas a los actores para no tener que pagar a los íguocs después. Los íguocs endorianos, al contrario, recibieron ingentes cantidades de cajas de salchichas de Baviera como compensación, provocando en los rodnianos una envidia feroz que desde entonces separa a ambas comunidades más que nunca.


El futuro del pueblo íguoc: juguetes de coleccionista en el estante más
polvoriento del más recóndito Toisarás.


   VIII - El Amor

 No sólo de guerra vive el íguoc. Además de dedicarse a golpear a sus semejantes siempre que tiene la oportunidad, la vida del íguoc está centrada en el acto de casamiento. Los matrimonios no los deciden los mayores, como pudiera creerse de una sociedad tan primitiva y conservadora, sino que son los propios íguocs jóvenes quienes se encuentran y escogen. Cuando una íguoc hembra encuentra a un íguoc macho y no hay cerca otro congénere que pueda estropear la escena lanzándoles piedras, se produce la escena del cortejo. Ambos íguocs se miran desde lejos, y comienzan a insultarse. A medida que la discusión va subiendo de tono, los dos se van acercando paulatinamente, y cuando están uno frente a otro, comienzan a golpearse con sus lanzas o bastones. Finalmente, la hembra, que ha recibido entrenamiento militar, consigue derribar a su oponente, se lo carga a la espalda mientras éste patalea y lo lleva a casa de sus padres, donde éstos le dan la bendición. Se organiza una coqueta boda campestre, en la cual la matriarca hace las veces de madrina de ambos dos novios, y cuya unión debe bendecir. Finalizada la ceremonia, la pareja busca un árbol virgen, siempre a gusto de la hembra, y construye en él una casa, siempre a distancia muy corta de la casa de los padres del novio, a la que éste huye regularmente envuelto en lágrimas. Los íguocs se aparean una sola vez, y después el odio entre ambos crece tan rápidamente que raro es el rato en que suelen soportarse. Los pequeños llegan en camadas de cuatro o cinco hijos, que desde el momento en que nacen ya están pegándose entre sí, y permanecen junto a sus padres hasta la edad de ciento cincuenta años, haciendo la convivencia insoportable en todo momento.

   IX - Conclusión

 Los íguocs de Rodne son un pueblo mezquino y resentido, muy alejado de sus adorables congéneres de Endor, así como mucho más desconocidos y enigmáticos. Estudios recientes han demostrado que los íguocs de Rodne tienen una capacidad cerebral mucho menor que sus vecinos, lo que propicia que lleven varios milenios a pedrada limpia entre ellos, mientras que sus endorianos parientes construyen ciudades, colonizan planetas, escriben best-sellers y amasan millones de petrodólares. Sin embargo constituyen una especie cuyo estudio resulta francamente interesante para los antropólogos, que establecen un curiosísimo paralelismo entre sus costumbres y las de las zonas humanas rurales más recónditas. El objetivo de este trabajo científico no es otro que acercar al gran público las características y usos de esta pintoresca población, con vistas a incrementar el interés por ellos en el seno de nuestras sociedades, y propiciar así su captura y cría como animales exóticos de compañía.

   X - Bibliografía

 COUSTEAU II, Jacques. La fascinante vida secreta de los iguocs de Rodne, Santdéconé, París, 2375 (603 d. C.J.)

 PAPILLON, Maurice. Los íguocs o el matriarcado feroz. Un ensayo antropológico, Hachette, Marseille, 2230 (458 d. C.J.)

 RUIZ, Pedro. Barbarie y oscurantismo. Los pueblos más brutos de nuestras galaxias, Acantilado, Barcelona, 2176 (404 d. C.J.)

 ZARCILLO, Christian Jesús. Los asombrosos paralelismos entre los íguocs de Rodne y los pastores del Cáucaso y el Bierzo meridionales, Estultis, Madrid, 2296 (524 d. C.J.)





El Estanque de Daeron 2011