Gweltah na hÉireann

Diario irlandés - verano de 2007

por DSN

(fotos de Kamatxo)



Lunes 25 de junio

[Madrid >>> Aeropuerto de Dublín – Swords]


El día D.

D de desastre.

 Todo empezó saliendo mal, pero sorprendentemente de alguna manera consiguió enderezarse. Después de innumerables problemas para facturar, subir al avión y poner en marcha las bicicletas una vez llegados a Irlanda, Tomando pelotis en el aeropuertoconseguimos avanzar unos kilómetros y terminar la noche no muy lejos del aeropuerto, pasado el pueblo de Swords, invadiendo la propiedad de lo que en mitad de la oscuridad parecía ante nuestros ojos cansados una fortaleza maligna, en torno a la cual pululaban monstruos de la naturaleza que emitían ruidos incesantes e indescriptibles, fantasmas imaginarios que asociábamos con miembros de la Garda (policía de Irlanda) u hostigadores nocturnos que hubieran descubierto nuestro escondite.

 Cansancio abrumador y emociones fuertes para la primera noche, pero también victoria al fin y al cabo, 3-0 contra Ryanair, 1-0 contra nuestras maltrechas pero aún supervivientes bicicletas y 1-0 contra el entorno hostil que a la mañana siguiente, con la luz del día, pudimos identificar, para nuestro gran asombro: una inofensiva escuela con un prado gigantesco alrededor, sobre el cual nos hallábamos acampados.


Martes 26 de junio

[Swords – Drogheda]


 Nos despiertan las fieras del bosque y la luz estival prematura. Sin haber dormido apenas nada a causa de los terrores nocturnos (con el agravante personal de haber venido directamente de un agotador festival jébico), Castillo de Ardgillanacometemos la primera etapa de nuestro tour… sin llegar a culminarla. Todo se presentó mucho menos fácil de lo que en un principio había parecido. Entramos de lleno en contacto con la naturaleza irlandesa, los cottages, la organización moderna de los municipios, que contrasta con lo fracturado de la mayoría de las carreteras – muchas en obras, cabe señalar –, la amabilidad de las gentes, la humedad de los prados y lo voluble del clima.

 Encontramos un mar mucho más violento de lo que habíamos imaginado. Junto a la costa la ventolera era atroz, nos golpeaba todo el tiempo sin piedad, amenazando con lanzarnos al agua. El verano aquí es invivible si se está mucho rato a la intemperie. El invierno, deducimos, debe de ser una pesadilla. Pero eso ya lo esperábamos. Lo que nos ha sorprendido es el tipo de sociedad con el que nos hemos encontrado. Probablemente sea diametralmente opuesta a la visión tradicional que de ella se tiene, es decir, la de hace uno o dos siglos, cincuenta años o incluso tan sólo veinte. En los años sesenta, los irlandeses no tenían ni para comprar zapatos, los niños se paseaban descalzos y mal vestidos por las calles. Hoy en día esta misma gente nada en la abundancia. Los precios están disparadísimos, se ven coches enormes y fabulosas casas de campo, Las primeras pintascuadrillas de obreros polacos erigen la nueva infraestructura del país y, al igual que ocurre en Londres, las tiendas y casi todos los servicios básicos están gestionados por paquistaníes. El país está limpio y cuidado, pero se nota que esto es sólo el principio, se pretende aspirar a mucho más.

 Por sugerencia de una amable conductora que nos paró por el camino, subimos hasta el castillo de Ardgillan, construcción señorial reconvertida en cafetería, enmarcada en una pradera de película que descendía en una larga pendiente hacia el mar. Los irlandeses son por lo general amabilísimos, para nuestra fortuna hemos comprobado sobre el terreno la certeza de este tópico nacional. Visitamos los molinos de Skerries, y muchos otros pueblos que nos pillaron de camino en nuestro duro trayecto: Balscaddan, Gormanston, Julianstown. Acabamos el día montando la tienda a las afueras de Drogheda, la primera ciudad grande que atravesamos, en mitad de un descampado que hace las veces de vertedero improvisado. Nos encontrábamos exhaustos, pero con buen ánimo y ganas de proseguir, rezando para que el día siguiente no sumara aún más fatigas y percances a una larga lista elaborada en muy poco tiempo.


Canción del viaje: “Drogheda”
(con la melodía de Gibraltar/The Massacre of Glencoe)

Sad are three homes
In Madrid now
All Castilla shares their sorrow
Mateo, Diego and Kamatxo
They died on the fields of Drogheda

They came to Old Ireland
With an ambitious plan
To make the tour of the island
And arrive to Dublin
Mateo, Diego and Kamatxo
And they died on the fields of Drogheda…


La noble y compleja ciencia del montado de tiendas de campaña


Miércoles 27 de junio

[Drogheda – Newgrange – Drogheda –> Belfast]


 Nos despertamos muy tarde, pues hacía falta recuperar el cansancio mortal de los dos días anteriores. Recogimos el campamento de nuestro bucólico y a la vez industrial emplazamiento y bajamos al pueblo a comer, en un Subway, feliz descubrimiento. Fuimos en bici hasta Newgrange, un famoso enclave de menhires, donde solamente pudimos visitar un museo de interpretación de restos prehistóricos, pues no nos quedaba tiempo antes de coger el bus para Belfast. Allí nos topamos con la palabra que desde entonces pasaría Museo de interpretación de los restos prehistóricos de Newgrangea definirnos, muc, que en gaélico significa cerdo común, aunque en un principio pensamos que sería el vocablo irlandés para jabalí, y que por su curiosa sonoridad nos enamoró desde el primer instante.

 Ante la imposibilidad de conseguir llegar a Belfast por nuestros propios medios, meta que se fue volviendo más y más irrealista a medida que avanzaba el día, renunciamos desde el primer momento a un imposible purismo ciclista. Sin embargo, en este punto sufrimos un duro revés, puesto que después de dejarnos el alma pedaleando para llegar a tiempo a la estación nos dimos cuenta, al no llegar el bus esperado, de que llevábamos dos días con una hora menos en los relojes. Nos resignamos entonces a aguardar al siguiente, que llegaba una hora más tarde, a las seis, al menos teóricamente, porque el mencionado no llegó hasta las nueve, lo cual nos irritó sobremanera, pues podríamos haber visitado los megalitos antes que estar pudriéndonos durante horas en aquella estación especialmente mugrosa. Llegamos a Belfast ya cerrada la noche, por suerte el albergue escogido quedaba muy cerca de la estación. Cenamos las viandas adquiridas en Drogheda, regadas por cervezas del país envasadas en lata, y dormimos en un cuarto sórdido entre gente extraña.


Jueves 28 de junio

[Belfast]


Kamatxo a empleada del Subway de Belfast:
«Eh.... ¡moza!»

 Hemos decidido quedarnos en Belfast un día más de lo previsto, para poder ver la ciudad a conciencia antes de proseguir nuestro camino. Después del desayuno, hicimos una segunda reserva, dejamos nuestras cosas en la nueva habitación y nos marchamos a conocer West-Belfast. Uno de los cientos de murales de Belfast, dedicado a Bobby SandsTodos los datos que filtran los periódicos europeos acerca de los recientes pasos en la reconciliación entre católicos y protestantes en los barrios occidentales de la ciudad son mentira. El oeste de Belfast alberga una cantidad de odio denso, inenarrable, respirable y casi palpable en la atmósfera; calles valladas, antiguos puestos militares entre un barrio y otro, murales con consignas bélicas, placas que recuerdan asesinatos, promesas de venganza... Recorrimos Shankill Road y la calle Falls, observando que las pintadas son objetivamente más bonitas en la segunda, la de los católicos (además de tener más razón), y pedaleamos hasta el final de ésta para rendir culto a la tumba de Bobby Sands y otros mártires del republicanismo bajo una lluvia implacable.

 Comimos de nuevo en un Subway, un Teriyaki Chicken los tres, que por poco asesina a mi estómago, y nos volvimos al albergue. Nos llovió tanto aquella mañana, en dos tandas a cual más mortífera, que toda nuestra ropa quedó completamente empapada, y en el punto álgido de la desesperación nos atrevimos a clamar contra el Señor Todopoderoso por su impiedad. Descansamos largo tiempo tras el diluvio sufrido, y después ¿Proceso de paz?salimos a recorrer el centro de la ciudad y ver el río, el ayuntamiento y la catedral. No encontramos nada especialmente reseñable en todo ello, pero la ciudad tampoco es fea. Cenamos en el albergue, una vez más de bocadillo, acompañado por buena cerveza local, y nos lanzamos a una expedición en busca de un pub abierto. Todos se hallaban custodiados por gorilas eslavos, debido a nuestros zarrapastrosos atavíos no intentamos siquiera acceder a alguno. Volvimos por lo tanto al albergue a tomar nuestros acostumbrados copazos de antes de dormir.

 Durante nuestro paseo por Falls Road, un lugar tan impresionante como la altura del muro que divide todo el barrio de este a oeste, Haddock y Kamatxo se compraron camisetas del IRA en la tienda del Sinn Féin. Es un poco triste que aquella zona visiblemente depauperada y en guerra resulte lo más interesante de la ciudad, pero yo ya sabía desde un principio que ese también sería el principal atractivo a nuestros ojos. Planeando los siguientes pasos de nuestra ruta, nos dimos cuenta de que se imponía el apoyo del bus para la realización de nuestra particular cruzada, más como ayuda recurrente que como la excepción puntual que antes del primer trayecto creímos que sería. Somos demasiado optimistas y temerarios en exceso en cuanto a nuestras planificaciones, y al ponernos en marcha el mundo se nos echa encima con toda la crudeza de las leyes de la física. Pero estamos contentos, aunque suframos y padezcamos, porque al mismo tiempo lo estamos pasando bien.


Teriyaki saved me life

Viernes 29 de junio

[Belfast –> Sligo]


 Nos despertamos hacia las diez. Esperamos en el hostal a que la tía de Kamatxo le enviara por fax su carné de conducir, con la esperanza de alquilar un coche, pero el documento Es-liiii-goooono termina de llegar, por lo que nos vemos obligados a renunciar a la visita a la Calzada de los Gigantes. Siendo ya las dos de la tarde pasadas, hacemos acopio de víveres y nos dirigimos a la estación para coger el último bus del día hacia Sligo. En realidad no era sólo uno, sino dos, uno cutrecillo hasta Enniskillen, por carretera normalita, y otro cochambrosísimo hasta Sligo, por vía terciaria o incluso podríamos decir cuaternaria, conducido por un autobusero que nos vaciló queriéndonos hacer pagar de más, y al final ni nos cobró el suplemento estipulado por cargar las bicis en el maletero.

 Dimos un paseíto por Sligo, donde no hay mucho que reseñar salvo el impresionante macizo del Dartry al norte, que acapara el horizonte y conforma toda la belleza de aquel lugar. Cenamos en un pub, tomando un servidor por segunda vez un riquísimo filete de bacalao rebozado, regado por la cerveza de rigor, y remontamos un poco el camino hacia Drumcliffe, al norte, para estar cerca del cementerio en el que descansa W. B. Yeats y poder visitarlo al día siguiente. Montamos la tienda en mitad de un campo, a la vista de algunas casas, la ubicación más temeraria que hemos escogido hasta ahora, pero nada malo sucedió.


¿Agua o whiskey? - ¿Qué pregunta es esa?


Sábado 30 de junio

[Sligo – Drumcliffe – Sligo – Castlebar]


 Nos despertamos bastante tarde, a pesar de nuestra disposición madrugadora del día anterior, aquel grandilocuente y varias veces reiterado «en cuanto empiece a clarear...». No logramos estar preparados hasta Tumba de Yeatsaún más tarde, y no fue hasta mediodía cuando nos pusimos en ruta en busca del cementerio de Drumcliffe. Después de un trecho por carretera de unos doce kilómetros, durante el cual Haddock y Kamatxo no se privaron de hacer duros comentarios sobre mi filoliteraria iniciativa, terminamos por hallarlo. Es pequeño y recogido, y la tumba, modestísima, reposa a la vista del Ben Bulben, tal y como quedó dispuesto en el poema-epitafio del mismo nombre (Under Ben Bulben).

 Regresamos a Sligo para las dos, y una vez allí, después del aparatoso desvío, comenzó la verdadera etapa. En primer lugar, hora y media de pedaleo hasta Collooney, donde comimos un bocadillo tan enorme como sabroso en una gasolinera. Proseguimos por la N17 dirección Charlestown, conscientes de la abrumadora cantidad de kilómetros que nos quedan por cubrir en las escasas horas de luz restantes. Antes de pisar Tuppercurry, unos simpáticos jovenzuelos irlandeses se apiadaron de mis dificultades con la cadena de la bici y me ayudaron a adelantar varios kilómetros a golpe de furgoneta, detalle que indignó a mis abnegados compañeros. Debo decir en mi defensa que ante semejante oferta era difícil negarse. A los chavales del lugar les debió Malditos irlandesesde parecer tan estrafalario mi aspecto y objetivos que no se privaron de filmarme con las cámaras de sus móviles y prometerme colgar el resultado en Yotuve (vergüenza). Nos cayó encima otro chubasco, calando el equipaje de mis compañeros y parte del mío, y brindándonos al mismo tiempo otro rato inolvidable de peligrosa conducción vial bajo la lluvia. Pasamos por campos interminables y hermosos, con cientos de tonos de verde, poblados por vacas, ovejas especialmente lanudas y también muchos caballos. El transporte masivo de estos últimos animales en remolques parece ser uno de los principales pasatiempos de los irlandeses.

 Pasamos del condado de Sligo al de Mayo, y la noche iba cayendo mientras apurábamos el paso hacia Castlebar. Sin embargo, la suerte no estaba de nuestro lado, y unos diez kilómetros antes de llegar la rueda de Haddock se descuajeringó por completo. Pasamos un buen rato parados intentando arreglarla, mientras Kamatxo, que ignoraba la desgracia, prosiguió avanzando varios kilómetros que luego tuvo que desandar cuando logramos transmitirle la noticia. En ese momento, una señora muy simpática se apiadó de nuestra situación y nos ofreció trasladar a la víctima del infortunio hasta el próximo Bed & Breakfast, donde los tres podríamos reunirnos más tarde para pasar la noche. Nos hallábamos discutiendo las posibilidades de dejarnos conducir hasta la puerta de la posada y después escabullirnos por el campo Los felices compañerospara acampar en cualquier lugar donde no tuviéramos que pagar cuando de pronto apareció un policía de la Garda en coche, que comenzó a cantarnos las cuarenta por circular por carretera sin luces siendo ya de noche.

 Mientras la anciana y su taciturno marido transportaron a Haddock junto con su maltrecho vehículo, el policía, sin explicarnos sus intenciones, manifestó que iría él también a Castlebar con su coche, y después volvería, y nos exhortó a Kamatxo y a mí a no movernos de allí. Estuvimos esperando in situ veinte minutos, temiéndonos lo peor, lamentándonos por no poder escapar, hasta que el señor agente, en un imprevisto alarde de benevolencia, regresó con una furgoneta para llevarnos a nosotros y a nuestras bicis hasta donde estaba Haddock. El posible precio del B&B, que atormentaba a mis dos usurarios amigos desde que la señora mencionó aquella posibilidad, se quedó en unos modestos 15 euros por cabeza, que Haddock ya había pagado a su llegada, por lo que de una forma u otra no hubo discusión sobre la conveniencia de pernoctar o no en aquel lugar. El hostal estaba regentado por una especie de drogadicto doméstico y algo antipático con el que no podía entablarse conversación alguna. Nos duchamos (¡aleluya!), cocinamos y comimos parte de los ruines alimentos que transportábamos y al poco rato caímos dormidos del agotamiento.


Domingo 1 de julio

[Castlebar –> Galway]


 Amanecimos en el B&B de Castlebar al que el destino nos había conducido el día anterior. Después de un desayuno precario, aguardamos un rato mientras Haddock intentaba arreglar su bici, pero ante la imposibilidad de conseguirlo, nos resignamos a volver a tomar el autobús, y Galwaycon este fin nos dirigimos hacia la «estación» de autobuses local (hermoso nombre para una vulgar parada), atravesando para ello el pueblo entero. Quisimos coger el de las 14:50 hacia Galway, que realmente salía a las 14:20, y hacia un inesperado desvío de ida y vuelta por lo que creímos que fue Westport. Los horarios y recorridos de los autobuses irlandeses son una ciencia compleja muy superior a la pobre capacidad de nuestros intelectos. Fue una travesía bastante abrupta, pero el paisaje era hermoso. Más o menos los dos adjetivos que se pueden aplicar a aquella zona salvaje de Irlanda, que tiene por nombre Connemara.

 Llegados a Galway, y empezamos a explorar la ciudad. Buscamos alojamiento en un albergue céntrico y continuamos el paseo, esta vez sin pertrechos, por la zona del centro, siguiendo el itinerario propuesto por mi guía fabulosa. No es una ciudad que se pueda llamar fea, de hecho me dio más bien la impresión contraria, pero no había ningún monumento digno de ese nombre, ni allí ni en ninguno de los lugares visitados hasta entonces. El turismo que puede hacerse en Irlanda es distinto del habitual. Lo más interesante que tiene la isla es su ambiente, el carácter desenfadado, apacible y caluroso de la gente. En los pubs de Galway hay música en directo a todas horas, y muchos turistas. La atmósfera es bastante jovial.

 Nos recogimos tarde, cocinamos mientras veíamos la tele en unos fuegos agónicos que nos retuvieron hasta las 00:30 para preparar un simple plato de pasta, y era ya tan tarde que en vez de salir en condiciones como habíamos planeado, nos limitamos a tomar la penúltima y volver a dormir a la habitación. Yo tenía ganas de salir más rato, pero Haddock empezaba a encontrarse mal. Habíamos llegado al Ecuador de nuestro viaje. Hasta entonces no es que hubiéramos pedaleado mucho, pero sí habíamos visto bastantes cosas, y estábamos tan satisfechos como agotados por el periplo realizado.


Wolfe Tone - Pharmacy


Lunes 2 de julio

[Galway –> Islas de Aran –> Galway]


 Haddock fue de mañanita a llevar su bici al taller, y no tenía muchas ganas de movimiento, por lo que tan sólo Kamatxo y yo integramos Las islas de Aranla expedición del día a las islas de Aran. Elegimos visitar Inishmore, la isla más grande de las tres, y con diferencia la más visitada. No nos conseguimos levantar demasiado pronto (para variar) pero sí lo suficiente como para desayunar en el albergue, ranciamente, por cierto. Después de acompañar a Haddock al sanatorio de bicicletas, compramos los billetes de ida y vuelta, con trayecto en autobús incluido, pues no había posibilidad de salir directamente en barco desde Galway, y marchamos hacia el punto de encuentro para tomar el bus, siendo ya mediodía. A la ida y la vuelta hicimos el viaje con un español resacoso, majete y muy hablador.

 Inishmore es impresionante. De un relieve devastado, constantemente golpeado por el viento, conserva una belleza salvaje y pura, y a la vez trae a la mente la durísima realidad cotidiana de sus habitantes, pescadores miserables, a través de los siglos. Esos eran los pensamientos que nos invadieron mientras recorríamos sus caminos, visitábamos las ruinas majestuosas de los castros celtas y admirábamos la altura de los abruptos precipicios de su fachada meridional. Me compré un jersey y un gorro de lana en una tienda de la isla, un sorprendente arrebato consumista. Kamatxo y yo nos bañamos en el mar. Él no se atrevió a meterse entero, yo me lancé de un salto al agua helada para después salir de ella aullando. Y tuvimos un curioso encuentro con un burro poco amigo de las visitas, que inmortalizamos en un pequeño vídeo.

 Regresamos a Galway a la hora de cenar, ritual que efectuamos ya reunidos con Haddock en un restaurante turquizante con el ingenioso nombre de Abrakebabra, Diego y Kamatxo en Inishmoredel que nos estaríamos riendo durante el resto del viaje. Comimos un kebab bastante cutre y caro, al estilo del que se come en Holanda o incluso Francia. Parece ser que estos manjares sólo se degustan convenientemente en Alemania o en nuestro país, y quizá también en Turquía. Tuvimos la suerte de contar con un tocadiscos en el local, y pusimos la canción del Almirante Guillermito Brown de los Wolfe Tones; sólo por eso mereció la pena cenar allí. Después de aquello, nos tomamos la penúltima en un pub escuchando música en directo, feliz característica cotidiana de muchos de los bares de aquí.

 Me empiezo a acostumbrar a este país, aunque el tiempo aquí sea tan horrendo que no creo que pudiera quedarme a vivir durante mucho tiempo. Por otra parte, esto está tan lejos de todo y es en muchos aspectos tan forzadamente pintoresco que a veces tengo la sensación de estar en una mezcla de reserva india y ciudad remota del norte de Noruega.



Martes 3 de julio

[Galway – Limerick]


 Culminamos con éxito una etapa épica, los 111 kilómetros que separan Galway de Limerick, que a mí casi me cuestan una rodilla y a los tres bastante ánimo. Por una vez salimos del albergue a una hora decente, y Atajosacometemos la hazaña con sorprendente disciplina. En un momento del viaje nos decantamos por un atajo a través de los montes, que como todo atajo parecía sencillo sobre el mapa y en la realidad se desveló arduo y lleno de penurias, pero el tramo de bajada, unos tres o cuatro kilómetros que pudimos recorrer sin dar una sola pedalada, hizo que las molestias valieran la pena. Comimos en un pueblo llamado Gort, pasamos por otra de tantas metrópolis de descomunal tamaño e importancia que abundan en Irlanda, con el nombre de Tulla, y arribamos gloriosamente a la ciudad del Shannon hacia las diez de la noche.

 Una vez en Limerick, nos las arreglamos para quedar con Natalia, mi compañera de la carrera que se hallaba haciendo un curso de inglés allí, uno de esos en los que no hay más que españoles y lo máximo que se aprende es algún nuevo insulto en asturiano u onubense. Ella estaba cenando en un pub, y para cuando llegamos, ya se marchaba para casa, así que el encuentro fue de lo más fugaz. Intentamos pedir algo de comer allí para llenar nuestros estómagos exhaustos, pero lo máximo que conseguimos fueron unas malditas bolsas de cacahuetes para acompañar las pintas del triunfo. En el súmmum del cansancio, nos reímos a La cena de la victoria en Limerickcarcajadas de nuestra miseria. No fue la primera ni sería la última vez. Salidos del bar, merodeamos un poco hasta encontrar una pizzería abierta donde pudimos nutrirnos de un poco de comida basura.

 La posterior búsqueda de un acuartelamiento adecuado no puede ser descrita fielmente con palabras. Fueron dos horas de sufrimiento y tensión, agotados por el tremendo esfuerzo, atormentados por la lluvia y con el miedo de toparnos con un coche de la Garda en cualquier esquina. Nos detuvimos al borde de un sendero en una urbanización de las afueras, justo al lado del río, montamos penosamente la tienda en mitad del diluvio y por una vez no nos importó demasiado que nos pudieran ver; nuestra situación difícilmente podría empeorar. Nos dormimos enseguida, perdidos en la espesura de lo que a esas horas y bajo ese clima parecía una selva tropical, desde cuyas aguas podía surgir en cualquier momento un inmenso kraken que engullera de un bocado la tienda con nosotros y las bicis dentro.


Miércoles 4 de julio

[Limerick – Cashel]


Kamatxo pagando la entrada a la catedral de St.Mary, frente a un cartel que rezaba
Se pide a los visitantes una donación de 2 euros por la visita:
«Here… donation… DOOOOONATION!»

 Nos despertamos entre humedad y dolor. Al abrir la portezuela de la tienda, nos topamos de bruces con un irlandés paseando al perro, que nos hizo varias preguntas sobre nuestro origen, y una vez saciada su Castillo del Rey Juan en Limerickcuriosidad se despidió deseándonos buen viaje. Desde luego, por estos lares la gente es tan curiosa como amable. Recogimos el enmohecido campamento y empezamos a vagar por Limerick. Encontramos en el centro de la ciudad un bar en el que desayunar decentemente, y después comenzamos la visita de los monumentos de la ciudad, que en un alarde de riqueza artística rara vez visto en esta isla posee la friolera de tres edificios de relativo interés: la catedral anglicana de St. Mary (1168), hermosa y antigua, el castillo del Rey Juan (¡Juan sin Tierra!), remozado y transformado en museo interesante y muy didáctico, al modo anglosajón, y la catedral de San Juan, católica, más grande en tamaño que la primera pero también más austera en su interior.

 Pasadas las dos nos pusimos en marcha, abandonando Limerick en dirección a Tipperary. El viaje fue directo por carretera nacional, El río Shannon a su paso por Limerickpero pesaba el cansancio de la heroica víspera, así que de igual modo el avance nos costó bastante. Comimos de bocata artesanal en una gasolinera perdida, y no cruzamos Tipperary hasta bien entrada la tarde, ciudad en la que lo único reseñable era un monumento a los mártires de Manchester y otro a Thomas McDonnagh, héroe del Alzamiento de Pascua de 1916. Con dolor conseguimos alcanzar Cashel, y a falta de un pub auténtico en el que cenar, optamos por el recurrente Abrakebabra, con su correspondiente gramola, que hizo nuestras delicias mientras yantábamos. Volvimos sobre nuestros pasos un pequeño trecho, y asaltamos un campo vallado y cerrado, aparentemente abandonado, para montar la tienda dentro, poco antes de percatarnos de que se trataba de un sembrado de maíz. Bromeamos sobre la hipotética llegada matinal de un Paddy cabreado, y nos hicimos propósito de levantar pronto el campamento, ignorantes de lo que poco después nos iba a suceder…


Jueves 5 de julio

[Cashel – Kilkenny]


 Nos despertamos con el sol (bien tardío) y recogimos la tienda. Al examinar la carretera que teníamos al lado, descubrimos a un obrero señalador apostado justo enfrente de la entrada a nuestro campo. Especulábamos acerca de la estrategia a seguir para sortearlo La Roca de Cashelcuando de pronto un individuo irrumpió en el cultivo, vociferando y blasfemando: Paddy. Primero vilipendió a nuestras familias en un inglés incomprensible, y exigió que le pagáramos cien euros por los destrozos, cantidad que no estábamos dispuestos a entregarle, después nos echó de su campo y nos hizo salir con violencia por encima de la tapia junto con nuestros equipajes y bicicletas («Over the Wall!», como la canción) y por último, nos obligó a pedalear hacia Cashel persiguiéndonos con su ranchera para denunciarnos en el cuartelillo de la Garda. Llegados a este punto, decidimos negociar, y con Haddock como interlocutor («How much do we have to pay for the destruction we have caused?») conseguimos por la minucia de 20 euros («Hmmm… twenty euros» – «¡Tuyos!») aplacar su ira e incluso reblanceder sus ánimos hasta el punto de que terminara por desearnos buen viaje y feliz estancia para los días que nos quedaban, detalle que percibimos como una insólita muestra de la habitual cortesía irlandesa.

 Proseguimos hacia el pueblo, y tomamos allí un buen desayuno irlandés completo (Irish Breakfast) en un restaurante rústico para quitarnos el hambre Acampados en el bosquey el susto. Visitamos a continuación la Roca de Cashel, el primer conjunto monumental digno de ese nombre que hubiéramos visitado en Irlanda hasta la fecha, y después iniciamos la última etapa ciclista del tour hacia Kilkenny. Salimos a las 15:30 de Cashel, extremadamente cansados después de la paliza de tantos días, por lo que aquella etapa fue especialmente agónica. Tras pasar por pueblos de nombres extraños, como «Caballo y Jinete» (Horse and Jockey) o «Ford el fresco» (Freshford) –dixit Haddock–, decidimos, por inmediata y delirante unanimidad, acampar en medio de un bosque poco antes de llegar a Kilkenny, lo cual nos supuso más tarde destrozarnos las rodillas (aún más) por el hecho de dormir en desnivel, circunstancia que en nuestra magna perspicacia no fuimos capaces de prever. Pero la hazaña resultó graciosa, nos partimos de risa cuando en mitad de la noche nos encontramos los tres acurrucados en el punto más hondo de la tienda, e incluso llamamos al Jebo para darle la noticia, pero como de costumbre saltó su buzón de voz, al que contestamos como los jabalíes sin cordura en los que nos habíamos convertido como resultado de la vida de supervivencia entre bosques y campos alejados de la civilización. Hasta grabamos un vídeo sobre todo aquello.


Viernes 6 de julio

[Kilkenny –> Dublín]     


Sebastian, guía turístico del Castillo de Kilkenny:
«Ladies and Gentlemen, if you happen to have any question or request, please ask»

Haddock:
«Pues yo quiero partirle la cara a Sebastian»

 Despertamos con mucho dolor, empacamos y nos retiramos furtiva y velozmente. Llegamos triunfalmente a Kilkenny, el pueblo más bonito de los que hayamos visto hasta entonces, exceptuando las ciudades. Los tres héroesDespués de asegurarnos del horario de los autobuses, tan arbitrario como de costumbre, buscamos un lugar auténtico para almorzar, donde yo tomé por tercera vez un bacalao a la plancha regado con Guinness, mi plato estrella de estas vacaciones. Visitamos después el Castillo, guiados por un tal Sebastian que por sus gestos amanerados y discurso afectado se granjeó un profundo odio por parte de Haddock, y cansados de la vida en general pasamos de cualquier otra visita para coger directamente el siguiente bus para Dublín, donde previamente habíamos reservado un hostal, caro y muy poco céntrico, debido a la agudeza por nuestra parte de reservarlo a última hora.

 Vivimos una última odisea autobusera por carreteras infames, sin que fuera la primera vez, para más I.N.R.I. Llegamos a Dublín a las ocho de la tarde, no encontramos el remoto hostal hasta las nueve, no cenamos y nos duchamos (¡por fin!) hasta Tiocfaidh ár lálas doce, lo cual implicó que cuando quisimos llegar a Temple Bar para tomar algo ya eran las dos y todo estaba cerrando. Sólo nos dio tiempo a entrar brevemente en un pub, donde un irlandés mazadísimo y visiblemente cocido le dio un sentido abrazo a Kamatxo por llevar la camiseta del IRA… menos mal que no le dio por ponérsela en Belfast. Mirándolo por el lado positivo, el mero hecho de haber recorrido de noche toda la ciudad me bastó para hacerme una idea del decadente Dublín nocturno, donde la gente está pasadísima a pesar del innoble horario europeo, enemigo del trasnochar. Al volver al hostal, Haddock y Kamatxo tuvieron su habitual pelea de pareja pre-fin de viaje y se retiraron pronto a sus aposentos. Yo seguí un rato en el salón bebiendo ron y escribiendo postales, antes de irme definitivamente a dormir.


Sábado 7 de julio

[Dublín – Swords]


Haddock al camarero que me trajo un bocata de tamaño gigante:
«This is the mother of all sandwiches!»

 Despertamos increíblemente temprano para lo tarde que nos habíamos dormido. A las diez avisaron a Haddock Trinity Collegede que convenía ir despejando las habitaciones. Él me transmitió la orden, y también a Kamatxo, y tras un frugal desayuno hicimos las maletas y volvimos a coger las casi odiadas bicis para plantarnos en el centro, con los cuatro kilómetros de rigor mediante. Una vez llegados al Trinity College, especie de Oxford urbano, decidimos dividirnos temporalmente por no coincidir nuestros intereses turísticos. Haddock y Kamatxo se fueron, respectivamente, a ver el Museo de Historia y de Historia Natural, pero terminaron coincidiendo en el primero, por hallarse el segundo en obras. Entre la una y las cuatro, hora de la reunión, yo visité la librería de la universidad, que albergaba un códice medieval conocido como el «Libro de Kells», me di una vuelta por la National Gallery, modesta pero decente, glosada por Yeats en un poema, y di un paseo en bici por O’Connells Street para ver el edificio de Correos y el Jardín del Recuerdo (Garden of Remembrance). Me ocurrió en Dublín lo mismo que en Belfast: lo que más me interesó no fue la ciudad en sí, bastante pobre en cuanto a la concepción habitual del turismo, sino todo lo relacionado con la lucha por la independencia, aunque en este caso concreto el vínculo fuera ya más bien tenue, porque el edificio de Correos, famoso durante años por conservar las huellas de impactos de bala de los combates durante el Alzamiento de Pascua, estaba totalmente remozado.

 Después de la vuelta, me reuní con los demás mucs en el Trinity College, y tras resguardarnos del chubasco imprevisto de rigor bajo el famoso campanario sin campana, que según los chistes irlandeses sólo se oirá tocar cuando pase por debajo una mujer virgen (cosa que no ha sucedido desde hace trescientos años), nos pusimos en marcha hacia la Las últimas pintascalle O’Connells para comer algo. Por el camino nos paramos repetidas veces para comprar recuerdos y tonterías, por lo que la hora marcaba ya las seis cuando entramos en un pub cercano, muy auténtico para nuestro deleite, dentro del cual me enteré de pronto de que mis dos amigos ya habían comido y no me lo habían dicho, así que me dispuse a saciar mi hambre pantagruélica con el gigantesco bocata que me trajeron. Pedimos nuestra última ronda de pintas del viaje, y esta vez hasta Kamatxo hizo un esfuerzo y se tomó una Guinness como nosotros para darle más autenticidad al momento. Después de salir del bar, hicimos un último recorrido por la ciudad, viendo por fuera las dos grandes iglesias de Dublín (Christ Church y St. Patrick), ambas anglicanas, para nuestro gran asombro, y el Castle, que como casi todo en Irlanda no es lo que su nombre indica, sino un edificio del gobierno, de uso civil.

 Antes de que cayera la noche, nos pusimos en marcha hacia nuestro siguiente destino, Swords (bautizado por nosotros como Swórdido), que distaba unos cuantos kilómetros del centro de la ciudad. Habíamos decidido acampar esa noche Cubata improvisadofrente al colegio del primer día, para poner al viaje el mismo broche que en las sagas, terminando simbólicamente una aventura en el mismo lugar de su comienzo, aunque alcanzar el lugar nos costó más de lo previsto, porque estábamos ya muy cansados después de todo el camino recorrido, y un poco desmotivados en lo que a la actividad ciclista se refería. Cenamos lo poco que habíamos comprado por el camino en uno de los cientos de supermercados polacos que abundan por la isla, dimos cuenta del ron restante y terminamos por dormirnos mucho más plácidamente que en la noche inicial, no sin abandonar el temor silencioso a toparnos con un segundo Paddy a la mañana siguiente.


Domingo 8 de julio

[Swords – Aeropuerto de Dublín >>> Madrid]


 ¡El último día! Agotados y magullados, nos embarga el deseo de volver a España desde el mismísimo segundo en que nos despertaron los dos móviles, a las nueve de la mañana. AerfortDesmontamos la tienda y empacamos ante la mirada indiferente de varios irlandeses paseando a sus perros, y deshacemos parte del camino de la víspera para plantarnos en el aeropuerto, con una velocidad de crucero aún más lenta que la del día anterior. Por suerte, no tuvimos casi ninguno de los múltiples problemas que temíamos sucederían al facturar. Solamente hubimos de pasar por más de un trámite un poco fatigoso, como tener que envolver cutremente las bicis en cinta adhesiva y cartón, paseado el día anterior por medio Dublín como auténticos indigentes, y esperar más tarde a que dos empleados del aeropuerto se llevaran dos de nuestras máquinas manualmente. Por el largo camino hacia la puerta de embarque, Kamatxo aprovechó para comprar incontables cajas de bombones para sus familiares, ante la mirada estupefacta tanto de los otros dos miembros de la expedición como de las dependientas de la tienda. Ryanair nos acojona en el vuelo como a la ida, no quisiéramos volver a En el aeropuertovolar con ellos, si podemos evitarlo. En medio del traqueteo, nos comimos los macrobocatas adquiridos al pasar por Swords, leímos y hasta dormimos un poco.

 A la llegada a Madrid, representantes de las tres familias vinieron a recogernos, para ayudarnos a cargar con el pesado equipaje. Kamatxo y su padre llevaron mi bici hasta mi casa en su furgoneta, porque no entraba en el coche de mi madre. Antes de despedirnos, sugerimos quedar más tarde para tomar unas cañas, pero no se produjeron llamadas, cada cual estaría más apalancado en su sillón. Deshice mi mochila, eché a purificar todo lo apestado, me di una buena y necesaria ducha, antes de ponerme -¡oh!- ropa limpia por primera vez en muchos días, y comprobar infructuosamente en Yotuve si en algún vídeo colgado por un irlandés aparecíamos mi bicicleta y yo. Concluye el viaje, tan duro y fatigoso como emocionante, original y divertidísimo. El próximo se intentará abordar con el mismo espíritu de aventura salvaje.

 ¡Hasta cuando sea!



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