El DRAE, ese gran desconocido

por DSN


 En nuestra cultura occidental, eminentemente escrita, la corrección del habla reviste una importancia fundamental. Los garantes tangibles de dicha corrección, es decir, los diccionarios, poseen una autoridad que pocos se atreven a cuestionar, ya que ante una afirmación del tipo “eso no existe, no viene en el diccionario” o su opuesto “se dice así, lo dice el diccionario” es difícil articular una respuesta sólida si se carece de buenos conocimientos lingüísticos, como nos sucede a la mayoría de nosotros.

 En el amplio y variado ámbito hispánico, el custodio de la corrección es la Real Academia Española (RAE), que desde hace algunos años ha cambiado su tradicional enfoque normativo por otro con vocación descriptiva/prescriptiva. Sin embargo, los casi tres siglos previos de autoritarismo lingüístico han hecho mella en la gente de a pie, que por lo general concibe el diccionario elaborado por ella, el denominado “DRAE”, con un temor reverencial, considerándolo el paradigma de lo que es correcto, y remitiéndose invariablemente a él siempre que es preciso resolver una duda, zanjar una disputa o determinar qué está “bien dicho”.

 A pesar de esta veneración generalizada, la gran mayoría de quienes estiman que el diccionario de la RAE es la clave que establece la diferencia entre lo que se debe decir y lo que no, entre lo correcto y lo incorrecto, rara vez utiliza el diccionario, y desconoce las definiciones que encierra el mismo para un buen número de palabras que utiliza a diario. Muchos de ellos se sorprenderían si les diera por investigar cómo ha registrado el DRAE los vocablos que para ellos son familiares, y también aquellos que no lo son tanto.

 Para quien lo usa a diario, el DRAE es una verdadera caja de sorpresas. Como sufrido usuario habitual del mismo, mi intención con este breve artículo es acercar a la gente algo de la esencia del DRAE tal y como la percibe alguien que trata día sí y día también con este instrumento de referencia, indiscutiblemente el diccionario de la lengua castellana más utilizado. Quizá de esta forma algunas personas puedan empezar a relativizar lo que consideraban indudablemente cierto, y hasta cuestionar ideas prefijadas de esas que parecen inamovibles por los siglos de los siglos. Y si no es así, espero que al menos puedan entretenerse un rato en un terreno que a menudo se aborda con excesiva seriedad.

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 Para nuestra peculiar exploración, utilizaremos la versión digital del diccionario, probablemente mucho más consultada hoy en día que la versión impresa. En los tiempos en los que su uso en papel era más frecuente, resultaba más fácil comparar en una sola consulta todas las palabras de la misma familia o que comenzaban por la misma letra, porque todas ellas venían seguidas. Con la edición digital, la cosa es un poco distinta, aunque todo indica que la estructura del diccionario no se ha adaptado del todo al formato electrónico.

 Para que vean a qué me refiero, comencemos nuestro paseo con un término no demasiado extraño que podamos encontrar en algún texto técnico, por ejemplo, “biselar”:


 Vaya, parece que no queda demasiado claro. En la versión en papel tendríamos la palabra “bisel” justo al lado, pero aquí no es el caso. Además, ni siquiera hay un enlace que permita pasar directamente a comprobar qué son los “biseles” sin tener que copiar o escribir la palabra letra a letra en el recuadro de búsqueda.

 Probemos con otra palabra cuyo significado puede que no tengamos del todo clara, “alabeado”.


 Tampoco nos resuelve mucho la duda, a menos que busquemos a continuación el sustantivo “alabeo” o el verbo “alabear”, también sin enlace que lo facilite.

 Tercer intento, algo un poco más de andar por casa: “zalamero”.


 Nos quedamos igual, aunque sabiendo que viene de “zalama”, lo cual siempre es interesante.

 En este momento es legítimo preguntarse si con las palabras realmente extrañas sucede lo mismo.


 Casi mejor no preguntar… Esta definición no sólo no explica, sino que además complica el tema aún más. Esto parece ya de chiste, sólo faltaba que siguiera habiendo definiciones de esas antiguas y redundantes que interpretan un verbo como “acción y efecto de…”.


 Para qué doy ideas… Pero esto no se detiene aquí, hay entradas que además de la acepción redundante, incluyen otra completamente incomprensible, verbigracia:


 ¿Cardencha? ¿La principal qué? ¿Principal cardencha? Pues estamos aviaos…

 En otros casos, si no es impenetrable, a veces la segunda definición es tan redundante que uno se queda ojiplático.


 Al menos aquí hay un enlace, el primero en nuestra travesía. ¡Bien por la RAE! ¡Apostando por la innovación!

 Esta persistencia en no revelar desde un principio lo que significa una palabra puede tener su origen en la voluntad didáctica de hacer que quienes manejen el diccionario se vean obligados a seguir investigando y aprendiendo, a no quedarse en una mera y cómoda interacción pregunta-respuesta y atreverse a buscar más. Al menos yo no puedo explicarme esto de otra manera:


 ¿Definición opaca? Entonces, ¿cómo calificamos lo siguiente?


 Si uno sigue buscando, surgen más ejemplos de lo mismo, entradas que tenían sentido cuando las palabras relacionadas podían encontrarse justo al lado, en la misma página impresa, lo cual deja patente que la digitalización ha sido tan mecánica como descuidada.


 La única diferencia cualitativa dentro de este parámetro estriba en si la entrada se queda simplemente en una acepción que reenvía a otra (como ya sabemos, en el 90% de los casos sin un enlace en el que hacer clic) o si, como ocurre en raras y preciadas ocasiones, surge una espectacular carambola, como cuando uno, descontento por el resultado obtenido al buscar “arbitrariamente”, decide hacer caso a lo expuesto y probar suerte con “arbitrario”.


 Hasta ahora hemos visto cómo numerosas definiciones se limitan a apuntar al verbo, sustantivo o adjetivo del que proceden, con alguna que otra desviación curiosa. No obstante, estamos aún lejos de paladear el pleno potencial de un diccionario. El momento verdaderamente gozoso en esta peculiar experiencia que es la búsqueda de terminología llega cuando uno encuentra una definición que lo deja más desorientado de lo que estaba al principio.


 Uno puede no saber lo que es una espiocha, aunque la palabra le suene, pero… ¿zapapico? Y aún hay más…


 A lo de “clérigo” es fácil llegar, pero eso de “ordenado de misa” no sé si lo entenderá alguien que no sepa bien cómo funcionan los rangos dentro de la Iglesia y conozca sus funciones, y por tanto nunca tenga necesidad de buscar la palabra “presbítero” en el diccionario… ¿Y qué me dicen de esta?


 Vale que no todo el mundo sepa lo que es un tacógrafo… pero desconocer la palabra “tacómetro” parece que es de juzgado de guardia. La culpa debe de ser de la LOGSE, que la carga el Diablo.

 Esta afición de la RAE por las definiciones extrañas no conoce fin, veamos si no cómo desentraña una palabra que, esta vez, sí es de uso común y perfectamente comprensible por cualquiera:


 Este afán arcaizante que rezuma de las páginas del DRAE, en franca contradicción con su supuesta voluntad modernizadora actual, se manifiesta también a través de definiciones que, pese a incluir también el uso más común de una palabra, lo ubican por detrás de otros que han quedado más bien anticuados, verbigracia:


 El uso habitual de “apuesto” en el siglo XXI (y me atrevo a afirmar que en el XX) correspondería quizá a la tercera definición, aunque eso de “ant.” me hace pensar que posiblemente no se esté refiriendo a lo mismo….

 Esta sí que es terrible, porque la definición más general no aparece hasta la quinta acepción… La segunda quizá tenga un pase, pero ¿y la primera, tercera y cuarta?


 Y la traca final llega con “prebenda”, que según una fuente reconocida como es elcastellano.org, consultada recientemente, “es voz incorporada al léxico formal, generalmente en referencia a los privilegios de políticos y altos funcionarios”. En el DRAE, sencillamente, esta acepción no existe, y las definiciones se limitan al significado original (¡medieval!), con la excepción de un “coloquialismo” (no sabemos de qué siglo) que visiblemente tampoco es de uso habitual. Bravo, DRAE…


 Hasta ahora hemos hablado de cómo el DRAE a menudo esquiva las definiciones demasiado directas para hacerse el interesante, y tiene una marcada tendencia por las acepciones anticuadas y las explicaciones poco claras. Demos ahora un paso más para adentrarnos en el contenido abiertamente rancio de su añejo corpus, del que da buena muestra uno de los significados secundarios de la palabra “peregrino”.


 Místico y católicocentrista, ¡olé!

 Veamos ahora esta entrada de biología, a ver si tiene algo raro.


 ¿”El vulgo”? ¿Por qué no la gleba, o la gañanada? Al pan, pan, y al vino, vino, y si están mohosos y picados, mucho mejor.

 “Bueno, bueno”, dirá el normativo clásico, “denle un voto de confianza. Al fin y al cabo el DRAE ha realizado en los últimos años un destacable esfuerzo modernizador. Hay muchas palabras nuevas de amplio uso que ya figuran en el diccionario, como debe ser”. De acuerdo, probemos con un término coloquial, muy usado en los últimos tiempos, como es el verbo “tunear”. ¡Sorpresa, sí que figura! Claro que… no es exactamente lo que cabía esperar.


 No obstante, el gran problema del DRAE probablemente no es su reticencia a las palabras modernas, algo que cabe achacar tanto a su indolencia como a una posible y no tan reprobable prudencia, sino más bien su resistencia a dejar atrás definiciones arcaicas y palabros que deberían figurar en diccionarios históricos de los siglos XVIII y XIX, no en el de uso habitual. Un buen ejemplo que a menudo es objeto de chiste es el vocablo “uebos”, que da para mucha chanza y jolgorio cuando se da la ocasión de revelarlo a una audiencia que lo desconozca, pero es algo tan raro y anticuado que en opinión de su humilde cronista no debería formar parte del DRAE… Si hasta figura como “anticuado”, imagínense cuándo debió dejar de usarse.


 Este mismo diccionario, que desde hace unos años ha adoptado por fin la palabra “guay” como coloquialismo de España, eso sí, sólo como segundo significado, por detrás de “tener alguien muchos guayes. 1. loc. verb. Padecer grandes achaques o muchos contratiempos de la fortuna.”, tiene más bizarradas esperando ser degustadas por los intempestivos fans de la terminología. A veces uno, por error, escribiendo mal una palabra como “masculino” o similar, se topa con algo como esto, quedando completamente anonadado:


 ¡Pero aún hay más! Basta con buscar la definición exacta de la palabra “pánfilo” para toparse como segunda acepción con otro de esos juegos que lo dejan a uno preguntándose si todo eso se jugaba en tiempo de los árabes, los visigodos o los arévacos.


 Y así llegamos a la joya de la corona, el súmmum de la ranciedad dentro de un compendio que como hemos visto presenta un altísimo nivel, un término del que cabía esperar alguna mención a la magia o los juegos infantiles, pero que remite exclusivamente a un oscuro conjuro cabalístico, sin dejar ninguna otra opción. ¡Así se hace, DRAE!


 Quienes hayan llegado hasta aquí se darán cuenta de que, según hemos visto, aquel famoso lema que habla de limpiar y dar esplendor queda un poco en entredicho ante tamaño despliegue de opacidad, enrevesamiento y delirio. Sin embargo, si nuestro diccionario principal no tuviera defectos no sería una creación humana, y por lo tanto no podríamos amarlo como algo propio, por no decir que, si fuera más serio, sin duda no nos divertiría tanto. ¡Gracias, DRAE, por tantos momentos felices en tu compañía! ¡Gracias, RAE, por aferrarse sin tapujos ni vergüenza a una obra irregular y a medio hacer!





El Estanque de Daeron 2000-2014